Como los hombres deben tenerlo ya bien claro, a las mujeres nos gusta hablar. Nos gusta hablar de nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, e inclusive no tienen por qué ser temas tan profundos: podemos tardarnos alrededor de cuarenta minutos describiendo lo que desayunamos en diez minutos. Es por esto que una reunión semanal con las amigas no debe caerle de sorpresa a nadie. Ya sabes, “martesitos”, “miercolitos”, “dominguitos” o como los llames, cada grupito de mujeres los tiene.


Y no, ni tu mamá ni tu novio jamás lo entenderán. Ríndete. Les parece simplemente inconcebible el hecho de que a pesar de que ves a estas mismas cuatro niñas todos los días en la escuela, que las llamas unas dos veces al día, les mandas un mensaje de texto inmediatamente después de que te pasa algo interesante (en la escuela o con galanes), y que los fines de semana se la pasan pegadas, aún así tengan la necesidad de reunirse un día entre semana por un par de horas para tomar café y seguir encontrando temas interesantes de conversación. Lo único que tienen que entender, mamás y novios, es que no deben intentar entenderlo, simplemente deben aceptarlo.

La necesidad del cafecito semanal empieza más o menos a los quince años, cuando empiezan los dramas con los galanes y la necesidad de contárselo a tus amigas y que te den su sabio consejo de quinceañeras es imprescindible.

Y una vez que empiezas, una vez que la institución del “martesitos” queda establecida, ya no hay vuelta de hoja. Puede que cambies el día de la semana de la reunión por cuestiones de horarios, puede que cambies el cafecito de la esquina por uno más nice, pero la reunioncita semanal ya no falla. ¿Por qué no? Simple. Porque los chismes nunca (jamás) se acaban.

Empieza con tu primer beso, sigue por tu primer novio, tu primer amor, tu primer desamor, siguen alrededor de unos 24 desamores, y después llega el glorioso día que les llegas con anillo. Después los chismes de la planeación de la boda, la bosa, la luna de miel, los hijos, el trabajo, los nietos, y a veces hasta los bisnietos.

Claro que conforme pasan los años, te darás cuenta que no son cada semana, a lo mejor son cada dos, o cada mes, y a lo mejor incluso hasta cambia de nombre: lo que empezó como un “martesitos”, se llama ahora “jugadita”, y es ahora una vez al mes. Con esto, las señoras básicamente lo que buscan es disimular el hecho de que es una reunión con el simple propósito de chismear, excusándose en que se trata de un sano y amistoso juego de barajas.

Además, hay una causa aún más profunda que pocos hombres conocen. El dejar de asistir a un cafecito, implica la cosa más peligrosa para cualquier mujer: su ausencia. Y es que si estás ausente, ¿quién te va a defender? Implica que el resto de tus amigas tiene el camino libre para hablar acerca de lo que realmente piensan de tu novio, y lo que realmente piensan de tu nueva y fascinante dieta mágica. Ni hablar, no asistir simplemente no es opción.

Para una mujer, sus amigas son sus hermanas, su familia. Es por esto que no todo en un cafecito semanal son chismes. Son también noticias excelentes que mueres por compartir con gente que te quiere y te entiende, y también tragedias en las que buscas consuelo y simpatía. Es un círculo de confianza. Por más chismes que se hablen, sabes que estás en confianza y que nada de lo dicho en esa confidencia será jamás escuchado en el mundo exterior.

La satisfacción que te produce el haber asistido, haberte carcajeado y haber visto una vez más a esas personas que, aunque ves diario, nunca te cansas de sus caras, es increíble. El cafecito es sin lugar a dudas, el lugar y momento en que puedes ser tú misma y puedes escuchar el consejo de las cinco personas que mejor te conocen y que probablemente ya pasaron, o están pasando por lo mismo que tú: tus mejores amigas.

Y para terminar, por qué no recordar una frase tan cliché como un cafecito con las amigas, “las mujeres podemos despedazarnos, pero jamás nos haremos daño”.